21 marzo 2017

Quemándonos.

Sin dilación, como si se tratara de una leona esperando a su presa con hambre, ella se lanzó sobre mi. Me besó tan apasionadamente que me cortó la respiración, apretándome fuerte contra su pecho, como si quisiera que nos faltara el oxígeno cada vez que nuestros labios se juntaran. Pero ella tenía claro que quería de mi, que es lo que le daba ese hambre tan tenaz y sobre todo qué esperaba de mi esa noche.

Así que me arrinconó contra la pared y en apenas unos movimientos me quitó la camiseta negra ajustada que llevaba, la tiró Dios-sabe-dónde y entonces me atacó en mi punto débil. Se arrodilló frente a mi, me miró fijamente y me bajó los pantalones hasta los tobillos, dejando salir a mi verga, que por fin volvía a disfrutar del aire libre.


- No te imaginas las ganas que tenía de ésto -dijo ella con rotundidad-.
- Ya veo, ya...
- Mmmmmmm.... adoro una buena polla como la tuya.


Agarrando bien fuerte la base de mi verga, comenzó a paseársela por la cara y a recorrerla con sus labios mientras mantenía los ojos entreabiertos. Estaba claro que la deseaba como agua de mayo. Así que la miré y le dije con toda sinceridad:

- Me encanta cuando me dices guarradas como esa...
- ¿Qué me gusta tu polla?
- Si.
- Ya te he demostrado que soy una señora en la calle. Ahora toca demostrarte que soy una buena puta en la cama, así que déjate llevar y disfruta mientras te como la polla.


Poco pude contrarrestar a eso, sencillamente me quedé allí, en medio, de pié y mirándola con deseo ardiente mientras ella se la metía en toda su boca. Comencé a disfrutar tanto que apenas podía mantenerme erguido frente a ella, frente a toda esta avalancha de sexualidad que me acababa de caer entre las piernas.


- ¿Te gusta que me la trague toda, eh?
- Por supuesto...
- Pues eso no es nada, mira hasta dónde me la meto.


Se la metía tan hasta el fondo que no paraba de salivar. Así que las gotas del líquido de su boca me caían a borbotones por toda la longitud de mi tranca, aunque donde más las notaba es como se aglutinaban en el borde de mis testículos.

- Ponte sobre esa mesa. Ahora vas a saber lo que es bueno.


Sin soltar mi polla ni un instante, la puse sobre aquella fría madera y comencé a manosearla de arriba a abajo. Me ponía tremendamente cachondo el plan zorra que estaba teniendo conmigo esa noche, pero también me ponía su pequeño cuerpo y cómo sentía su caliente piel arrinconada contra mi pecho. Así que le di la vuelta y comencé a jugar con aquel precioso trasero que iba a hacer mío sin remedio...


- Mmmmmmm... me gusta como me tocas.
- Pues te voy a tocar con otra cosa...
- ¡No me digas eso y me dejes con la espera!
- ¡Allá voy!
- ¡Métemela! ¡Vamos... métemela hasta el fondo!


- ¡Ohhhhhhhhhh! Mmmmmmmm... ¡Qué bueno joder!

En ese momento la apreté con la fuerza de mi cuerpo, grande en comparación con ella, y comencé a penetrarla con dureza, despreocupándome completamente si había lubricado lo suficiente como para albergar mi tranca en su vagina.


Tenía muchas ganas de clavarle la polla. Supongo que le pasa a todo el mundo, pero con lo que me gusta follar a mi, cuando paso un par de días sin sexo siento la necesidad, un calentor que me revuelve todo el cuerpo, que me hace sentir la necesidad de hacer justamente ésto, penetrar de la forma más sensual posible a otra persona, dando y recibiendo placer a partes iguales.


- ¡Cógeme del pelo, de los brazos! ¡Agárrate a mi para penetrarme con fuerza, quiero que me la metas hasta que me duela!
- Ese comentario si que es digno de una ninfómana cachonda.
- Es en lo que me he convertido cuando te he bajado los pantalones. Creo que no es la primera vez que provocas esto en una mujer.


Usando toda la fuerza de mis brazos, la agarré de la espalda, la cintura o el cuello para atraerla hacia mi y darle bien duro. Tenía la polla absolutamente como una piedra, tanto que notaba hasta el más leve roce de su clítoris en mi verga. Supongo que esas palabras que me gritaba en aquella habitación me ponían tan cachondo que me llevaban al límite de mis pecados en carne.


- Pero no bajes el ritmo, que estoy completamente abierta para ti.

Así era, estaba tan abierta para mi que sus dulces piernas me indicaban el camino exacto para llegar a alcanzar el tope de su sexo. Gemía tanto cada vez que lo hacía, que al final tuve que agarrarla fuerte del pelo y tirar de él hacia mi para demostrarle quien mandaba allí.


- Cabronazo... sabes bien lo que me gusta.

No respondí, el sonido de mis grandes huevos colgando entre mis piernas que chocaban contra la base de su sexo mojado era suficiente respuesta para mi.


Mientras yo me la follaba con ansia, con deseo ardiente digno de una lujuria fuera de control, ella se giraba para provocarme más si cabe, mirándome fijamente a los ojos, mordiéndose esos dulces labios que tan buenos momentos me habían dado esa noche y a los que deseaba volver a besar lo más pronto posible, ella me decía:

- ¡Fóllame!


Como un potro salvaje fuera de control, ya únicamente me centraba en penetrarla con mi rabo hasta lo más profundo de su vagina. Ella se cogía más fuerte de los muebles que tenía a su alcance para soportar el impacto de mis violentas embestidas.


Como le costaba mantenerse firme ante la virulencia de mis embestidas, la coloqué contra la pared para seguir penetrándola hasta el fondo sin la necesidad de ver como movía todos los muebles del lugar. Ella, que seguía tan cachonda como una perra, me continuaba ofreciendo su culo, agachándose levemente, para que no me olvidara de lo que me había propuesto follarme.


- Eres un hijo de puta, pero follas de maravilla.
- No sé si darte las gracias o metértela por todos los orificios de tu cuerpo.
- Si me das a elegir, prefiero lo segundo.
- Es que te tengo que querer...


Empotrándola bien duro contra aquella pared, la puse con el vientre sobre un pequeño cuadro mientras mis caderas no hacían más que moverse adelante y atrás para embestirla una y otra vez. La tenía cogida tan fuerte que no me había dado cuenta de que había puesto mi mano firme en su boca. Parece ser que ni sus gemidos eran suficientes para mi...


- Te estás portando muy bien zorra, ahora es el momento de que yo te demuestre lo malo que soy.
- ¿Qué vas a hacerme?

Le di la vuelta sobre aquella pared junto al sofá gris de su casa, me arrodillé de un movimiento frente a ella, y antes de que se diera cuenta, ya había sustituido mi tranca por mi lengua en el interior de su sexo, que estaba ardiendo. Ahora podía sentir todo el sabor de su placer en mi paladar.


- Tú si que sabes como tratar a una dama.
- De dama nada... 
- Cierto. Tú si que sabes como tratar a una puta obediente como yo...
- Eso me gusta más -y continué comiéndole el coño-.


Lo tenía rojo. Lo tenía húmedo. Lo tenía abierto. Lo tenía caliente. Lo tenía frente a mi boca. Lo tenía justo como a mi me gusta tener al sexo de una mujer. Además, parece que no corría prisa en absoluto para ninguno de los dos. Así que, con la sensación de haberse parado el tiempo, yo la miraba de reojo mientras paseaba mis labios por su clítoris.


- Hace mucho que nadie me come el coño tan bien como tú.
- No digas tonterías, tú los tienes a pares.
- ¡Pues cómo tú! Pero no encuentro a menudo a nadie que tenga una lengua tan juguetona como la tuya ni menos aún ese pollón.


- ¿Sabes que no puedo parar de comértelo?

Así pues, pegados por los labios, en su caso los de su vagina y en los míos los de mi boca, estábamos más que juntos en aquel mágico momento. No podía hacer otra cosa que aparcar mi cabeza entre sus piernas y deleitarme con ese manjar que me ofrecía mientras ella me acariciaba en pelo y gemía con la boca abierta de tanto placer que estaba dándole.


- Sigue, por favor.
- ¿O sino qué?
- O sino me muero, joder... ¡cállate y mete tu bocaza en mi coño!


- Me estás matando hijo de puta...

Así que, decidí darle el remate final a este tremendo polvazo que estábamos teniendo. Saqué mi lengua de su vagina húmeda y caliente. Ella se quedó asombrada, pero sin mediar palabra me miró sabiendo que ya tenía claro cuál era el siguiente paso. Así que la puse a cuatro patas sobre el sofá, ella me volvió a ofrecer su trasero separándose las nalgas con las manos, y se la metí de nuevo hasta el fondo, hasta que gimiera como una zorra herida de muerte, justo lo que era en ese preciso momento.


Volví a agarrarla fuerte de los brazos mientras mi verga recuperaba el terreno perdido frente a mi lengua en el interior de su vagina. Mientras ella gemía fuerte y yo la usaba como me daba la gana, mi tranca recuperaba el espacio perdido en el interior de su cuerpo. Iba a darle lo suficiente para que se corriera entre mis piernas.


Tras volver a hacerme hueco en su interior, dejé a un lado la estrategia de darle fuerte y constante, pasando a algo mucho más placentero para la mayor parte de las mujeres, con embestidas intensas y a un ritmo más constante y lento, para que sintiera hasta la más leve arruga de mi polla saliendo y entrando de su coño.

- Así me gusta... siiiiiii... mmmmmmmmmmmmmmmm....


- ¡No pares por Dios!
-Tranquila, no pienso parar hasta que hayas tenido un orgasmo que te haga ver las estrellas.
- Se supone que quien debía demostrar que es una buena puta soy yo, no tú... pero joder, con esas cosas que me dices haces que me derrita entre tus piernas.
- Eso es justo lo que pretendo.


Tras unos dulces minutos en los que solo se escuchaba sus gemidos y mi respiración fuerte en su espalda, mis embestidas intensas y constantes lograron llevarla al límite de sus fuerzas. Así que, por sorpresa y de un modo ascendente, comenzó a calentarse hasta el punto de ponerse completamente roja, sus gemidos y su respiración aumentó hasta que, finalmente, tras una dura embestida que casi le rompe el interior de su coño mojado, gritó de placer y se corrió.

- ¡Jodeeeeeerrr....!


- Sé que tienes ganas de descansar y recuperar el aliento, pero yo estoy a punto de correrme, y la verdad es que creo que voy a tener una de mis corridas épicas, así que ten un poco de paciencia y déjame que te use para mi propio placer un poco más.
- Por mucho que te cueste creer, ahora mismo soy toda tuya...


De ese modo la levanté hasta tener frente a mis ojos a su rostro. Continuaba follándomela con fuerza sabiendo que el final se acercaba. La cogí fuerte de los pechos y la miré a los ojos mientras ese momento llegaba. Ella me ponía cachonda únicamente con sus ojos, su pecaminosa mirada y su cuerpo a mi entera disposición.

Después de decirme eso la agarré fuerte del pelo y la penetré con tanta fuerza que casi sale disparada en la dirección opuesta a mis penetraciones. Realmente estaba sintiendo tanto placer que me hubiera quedado así toda la eternidad...

- Mmmmmm... estoy a punto ¡me voy a correr ya mismo!


- Córrete donde más te plazca. Me tienes a tu entera disposición.

De esa forma, la puse de rodillas, en la misma postura en la que había comenzado seduciéndome esa misma noche. Ella se quedó mirándome con fascinación, encandilada por saber que iba a sentir toda mi corrida en su piel.

Sin mucha espera me corrí, gritando como un perro, me masturbé unas pocas veces para lograr exprimir todo el semen de mi cuerpo, que cayó como una lluvia divina sobre la piel de su pecho, dispuesto a recibirlo en toda su grandeza en esta célebre ocasión.


- Joder... me has manchado toda.
- ¿Qué esperabas? Después de este tremendo polvazo era normal...
- No lo digo a malas, sino porque me encanta, nunca había sentido tanto semen en mis pechos.


- Ni yo tanto placer corriéndome sobre ellos...

10 marzo 2017

Tarde caliente y carnal.

Eran las dos de la tarde. Acababa de salir del trabajo, por suerte, y tocaba gozar de una magnífica tarde salpicada de sol. Había quedado con ella. Hacía tiempo que no la veía y estaba algo nervioso, pero todo eso pronto quedó atrás cuando llegué a la terraza de aquel bar.

Quedamos para disfrutar de un buen aperitivo y una comida sencilla en la terraza de un bar abarrotado de gente que se deleitaba, como nosotros, de este improvisado buen tiempo. Allí ambos pudimos disfrutar del sol y de este tiempo primaveral adelantado que está haciendo esta semana. Tenía muchas ganas de quedar con ella y disfrutar de su impresionante sonrisa, esa con la que me recibía nada más llegar.


Pudimos tapear en un marco y con un clima incomparable. Había muy buen rollo y estuvimos un par de horas para hablar y ponernos al día. Sin pensárselo dos veces me invitó a ir a su casa. Realmente estábamos muy cerca (habíamos quedado allí por eso). No llegó a decir ninguna excusa con la que llevarme a su casa, simplemente me dijo que fuéramos y yo le dije "si" sin pensármelo dos veces.


Cruzamos la puerta de su casa. Ella llevaba un vestido claro bastante ajustado. Había llegado con una pequeña chaqueta en la mano, pero debido al calor podía disfrutar de las deliciosas vistas de sus hombros y su escote. Yo tenía que arremangarme la camisa, no solo por el calor que me provocaba el sol sino por el calor que tenia dentro al verla frente a mi y decirme sin tapujos que fuéramos a su casa.

Allí dentro se acercó a mi y comenzó a besarme como quien tiene seguridad en si mismo y no le importa nada más. Después de juntar nuestras lenguas de una forma muy deliciosa y seductora, me tumbó sobre su cama y me abrió lentamente, botón a botón, la camisa hasta dejar al aire mi pecho. Entonces se lanzó sobre él y continuó besando mi piel.


Poco a poco pudo sentir en su barriga como mi sexo crecía y crecía hasta el punto de incomodarla en su trabajo de besarme el pecho. Así que no se lo pensó dos veces y se fue bajando hasta que me abrió el cinturón, bajó la bragueta y mordiendo el borde de mi ropa interior, fue bajando poco a poco el slip, dejando justo frente a sus ojos mi tiesa polla erecta.


Tras quedarse mirándola unos segundos, como si no la hubiese visto en otras ocasiones, me dijo que me sentara en el borde de la cama y sin apartar su mirada incisiva de mi, comenzó a jugar con su lengua sobre mi sexo. 

Lo recorrió de arriba a abajo, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda y de arriba a abajo. Cualquier movimiento era bueno para su lengua, que no se cansaba de pasearse, como Pedro por su casa, por mi tranca. Estaba deseosa de disfrutar de una buena polla y no lo quería desaprovechar.


Se la acercó a la boca, le susurró algo que yo no pude escuchar, y relajándome con este sexo oral tan dulce, me dejé llevar por su ritmo pausado. Ella se la metió en la boca, pero poco a poco, lo suficiente como para pasear su lengua, dentro de su boca, por el borde duro de mi glande. La chupaba como si fuese el dulce que tanto estaba deseando tener entre sus manos y sobre todo en el interior de su boca.


La vi disfrutar de esto como si no hubiera nada más en el mundo a parte de mi verga. Pero poco a poco se fue calentando, fue incrementando su pasión y sobre todo el tamaño de sus bocados sobre mi polla. La tenía tan dura que si se la hubiese tragado toda de una mordida probablemente se habría quedado sin aire; ella lo sabía, así que me la comía poco a poco, disfrutando de la longitud de mi pene con su boca y con la ayuda de su mano.


Su lengua juguetona recorría con pasión y delicadeza cada centímetro de mi masculinidad. Sabía que me tenía a mil, sabía que me tenía justo donde y cómo quería tenerme, así que me la lamía toda, se la metía hasta la mitad en la boca y jugaba con la punta de su lengua sobre mis testículos bien cargados de semen. Yo empezaba a estar impaciente de follármela bien fuerte, pero ante semejante alarde de sensualidad, es mejor dejarse llevar que acelerarse.


Cuando ya se sintió segura y sin mediar palabra de por medio, me agarró fuerte de la mano derecha y me la puso en su cabeza. Yo acaricié su delicado pelo mientras miraba su cabeza en movimiento sobre mi verga. Sabía que con este gesto me estaba invitando a que apretara su cabeza; ambos éramos conscientes de que no le cabía mi polla en la boca, pero supongo que como todo en la vida había que intentarlo.

De esa manera la agarré fuerte del pelo, le dije: "Vamos allá" y comencé, primero con una fuerza leve que posteriormente fue ganando más y más fuerza, hasta que sentí y escuché como le costaba meterse mi tranca en la boca. Yo disfruté mucho llevándola al límite, pero parece que ella estaba poniéndose tan cachonda que pronto se abriría a mi como una flor en primavera.


Cuando noté que estaba tan excitada que le costaba mover hasta su lengua, apretada entre sus labios y la anchura de mi tranca, la agarré fuerte del pelo y la separé de mi. Era el momento de empezar a follar como buenos amantes.

Me puse tras ella, comencé a recorrer su piel con mis manos mientras mi pecho, en su espalda, le mostraba lo fuerte que me palpitaba el corazón. Jugué con sus pezones con mis dedos y le dije al oído que quería tirarla sobre la cama y follármela allí mismo, en ese mismo instante.


Ella se separó de mi y se tiró sobre la cama. Aún tenía el tanga puesto, así que mientras se agachaba le acariciaba el pelo, el cuello y la espalda, mientras que con la otra mano le quitaba el tanga. Le di un par de cachetes en el culo y le dije que si le había costado tragarse mi polla, ahora iba a sentir lo que suponía sentir mi verga en su sexo húmedo.


Sin más dilación se la metí y poco a poco fui cavando en su vagina la profundidad perfecta para mi. Ella tenía la cara sobre la cama y abría la boca únicamente para gemir. No eran necesarias las palabras, era el momento de sentirse penetrada por un animal del sexo como yo. Pero después de la sensualidad de su comida de polla, era el momento de penetrarla con sentimiento.


El sentimiento acabó dando paso al realismo puro y duro del sexo, nunca mejor dicho. Apoyada sobre el cabezal de la cama, comencé a penetrarla con tanta intensidad que movíamos todo el colchón. A mi me daba igual, porque la verdad es que estaba dándole con fuerzas, pero no es nada en comparación de lo fuerte que me puedo follar a alguien cuando me da la gana.


Ella gemía a base de bien recordándome de forma reiterada cuánto necesitaba "ésto". La verdad es que tal afirmación siempre me ha resultado chocante, por no decir desconcertante ¿Qué es "ésto"? ¿Una buena polla? ¿Una dura penetración? ¿Un buen polvo? ¿Una tarde excitante? Sea lo que sea, estaba recibiendo lo que anhelaba.

Podía ver en sus movimientos que no tenía la intención de moverse nada más que para recibir, con las piernas abiertas, a mi sexo caliente. Mirándose a si misma en el espejo de la pared, gemía y gritaba como si la estuviese follando duro... lo cual no había llegado aún, pero iba a tardar poco.


Si lo que deseaba era recibir buenos y profundos pollazos, los iba a recibir a base de bien. La puse sobre el borde de la cama, en la posición perfecta para sintiera el peso de mi cuerpo y de mis embestidas a partes iguales, siendo sometida y sobre todo follada bien fuerte. Tenía ganas de penetrar con intensidad, sintiendo en mis manos como su cuerpo estaba inerte a la espera de mis profundas embestidas.


Totalmente a mi merced, se dejaba hacer mientras yo cada vez follaba con más rabia y rapidez. Era el momento de dejarme llevar. La estaba penetrando como si de un potro desbocado se tratara. Así que sin dilación ni medias tintas, fornicaba con ella con la ventana medio abierta detrás, donde se podía observar el anochecer de este sol que tanto nos había dado unas horas atrás.


- Hasta el fondo... -me dijo entre susuros-.

Pensé ¿Por qué no? Si quiere que se la meta hasta el fondo, tendré que hacerlo. Parece que quería poner a prueba sus propia resistencia. Así que sin pensármelo dos veces, me puse sobre ella, y como de de las flexiones que hago en el gimnasio se tratase, comencé a penetarla, sacando lentamente mi polla de su sexo húmedo, pero penetrándola con tanta fuerza y virulencia que siempre se le escapaba un grito de placer al sentir como se la metía hasta el fondo.


Supongo que se sentía muy a gusto en esta posición y con la intensidad de mis penetraciones en su cuerpo. Podía ver como se agarraba a la cama y me pedía "más... más...", a lo que respondía con más intensidad en mis penetraciones. Parece que estaba claro quien mandaba en ese momento a pesar de que a simple vista pareciese lo contrario.


- Ahora me toca a mi...

Sin ningún tipo de aviso me soltó esa frase. Yo paré al instante. Ella giró la cabeza, se quedó mirándome fijamente a los ojos y sonrió de una forma muy pícara. Era su momento, era lo que quería. Así que me pidió que me tumbara, lo que obedecí al instante, y ella se puso sobre mi.


Una vez más agarró mi tranca con la mano, se quedó mirándola como si de un objeto importante se tratara, y abriéndose de piernas se la introdujo en su sexo. Yo sentía perfectamente lo excitada que estaba. Ahora que se ponía arriba podía sentir en la piel de mi entrepierna como las gotas de sudor se mezclaban con las gotas de placer que salían de su sexo.


- No dices nada... ¿es que no te gusta como estamos follando?
- No digo nada porque no tengo nada que decir. Cuando estoy a gusto follando no digo nada, solo me dejo llevar y disfruto. Nada más.
- Mmmmmm... que me digas eso me pone más cachonda... y no quiero ponerme a cabalgar sobre ti como si fuera una "cualquiera".


Por mucho que dijese, ambos sabíamos que estaba totalmente desbocada y convertida en esa guarra que decía que no era "aún". Sin embargo, su pequeño cuerpo se movía sobre mi como llevada por el mismo Dios del sexo, disfrutando de la intensidad que le permitía el tamaño de su vagina. A pesar de dejar media verga fuera de él, yo disfrutaba de lo lindo.

La contemplaba desde abajo, tumbado sobre la cama. Lo hacía con admiración, con sentimiento y en especial con interés de ver hasta dónde iba a llegar. El sexo es así, improvisado, diferente y también incierto; supongo que nunca conoces a una persona hasta que te la follas bien.


La agarré de sus nalgas duras, notando como era cierto que alardeaba de salir a correr todos los días bien temprano, haga frío o calor, sea verano o invierno; realmente tenía un culo bien puesto y duro. Aunque a mi me gusta agarrarme bien fuerte de cualquier culo, sea como sea, siempre que se mueva arriba y abajo sobre mi polla.


- Ufffff... ¡No puedo parar!
- Pues no pares -le respondí tranquilamente-.
- Es que no sabes la mala suerte que he tenido últimamente... Desde que lo dejé con Dani, no he hecho otra cosa más que follar con gilipollas que no sabían follar.
- Supongo que eso es un halago... gracias.
- Tu pene si que es un halago... de los grandes -no pudo evitar reírse con ese fácil juego de palabras-.


En un momento se giró sobre si misma, parece que también quería sentirse "empalada" por mi verga en el sentido contrario. Yo la veía de espaldas, lo cual no resulta muy excitante, si no fuese porque lo compensaba con creces con los sensuales y calientes movimientos de su cadera. Ante eso, uno no puede hacer más que dejarse llevar...


Pero yo también quería disfrutar en aquella postura, así que después de un rato, la cogí de esas caderas que tan loco me volvieron esa tarde, para subirla un poco y desde esa posición del kamasutra de nombre impronunciable, penetrarla con toda mi rabia. Si quería sentir como se la endosaba tumbado sobre la cama, iba a ver que puedo follar bien duro en cualquier posición...

- Oooohhhh... Ooooohhhh... -gemía yo una y otra vez-.


- Ojazos... -así me llama ella- ¿Por qué gruñes tanto?
- Porque quiero poseerte con toda mi alma.
- Pues adelante... Hagámoslo en la postura que tú quieras.

Dicho y hecho. La tumbé a ella sobre la cama y comencé a besarla por todo el cuerpo. Quería sentir el sabor de su disfrute en la punta de mi lengua. Le chupé los pezones y me desvié por el vientre hasta llegar a su entrepierna. Pero entonces me di cuenta que marchaba hacia el triunfo con la herramienta equivocada...


Ella abrió las piernas, de nuevo, para recibir a mi sexo ardiente de deseo y explorador de nuevos territorios por conquistar. Así que puse mi glande rojo como un tomate en su sexo, que estaba todavía más caliente y colorado que el mío, y sin dejar pasar ni cinco segundos se la metí hasta donde pude. Su desgarrador grito de placer me dejó claro que iba por la buena dirección.


Parece que le gusta hacerlo de manera intensa. Por eso empecé jugando con ella con el propósito de ponerla lo más caliente posible. Comencé a sacar y meter mi polla con lentitud pero con dureza, como había hecho al principio de la tarde. Ella gemía y gemía... ahora era yo quien le preguntaba: "¿Por qué gruñes tanto?", a lo que contestaba con un descalificativo sobre mi persona que no me lo tomaba en el sentido literal del mismo.


- Venga, dale fuerte. 

Sin mediar palabra comencé a follármela duro. Ella estaba a punto de correrse, pero yo aún tenía un corto camino hasta el orgasmo, por lo que no me podía permitir ni parar diez segundos para contestarle. Ahora era mi cadera la que marcaba el ritmo del polvazo y no lo hacía lentamente...


Ahora volvíamos a estar frente a frente, nuestras miradas volvían a cruzarse de nuevo en este polvo intenso. Ella no apartaba la mirada ni un segundo, yo si lo hacía parar mirar como se movían sus pechos bañados por la luz del sol que aún entraba por la ventana. Su pelo, en movimiento por la cama, era arrastrado por las embestidas de mi cuerpo sobre su pequeño ser.

Por mucho que ella tratara de cogerse fuerte a algo de aquella habitación, ya sea la sábana, el cabezal o el borde del colchón, terminaba soltándose cada vez que sentía en su interior una de mis penetraciones. Parece que le estaba azotando con mi verga con tanta fuerza que hasta el estómago se le removía.


- Creo que nunca había estado tan "abierta"...

Realmente su coño mojado estaba abierto de par en par para recibirme. Yo regresaba a él una y otra vez. Había llegado el punto sin retorno, ahora se trataba de una follada en la que ya solo queda matar o morir de placer... por suerte, suelen pasar las dos cosas al mismo tiempo.


Sintiendo que su orgasmo ya estaba cerca, se puso la mano en su sexo y se tocó con la yema de sus dedos en el lugar al que yo no podía llegar directamente con mi tranca. De esa manera, al mismo rito, ambos sentimos como estábamos a punto de corrernos. Era un momento mágico.

Con un gesto contrariado, mezcla de placer supremo y sorpresa, ella se corrió, tambaleándose y agitándose entre mis piernas mientras soltaba por la boca un grito que casi colapsa mis tímpanos. Después de contemplar esta escena maravillosa, yo ya estaba listo para acabar. Era imposible sentir más placer aquella tarde.


Así que retiré mi sexo de su interior, pero ella, a pesar de no haberse repuesto aún de su intenso orgasmo, agarró fuerte mi polla y comenzó a masturbarme con tanta fuerza que casi me la arranca. Menos mal que tardé poco en sentir como mis testículos se contraían para lanzarle, por toda la piel de su pequeño cuerpo, varios regueros de semen caliente, que cayeron en forma de gotas sobre su vientre, pechos y hasta alcanzaron su barbilla.


- Contigo el calor de la primavera llega antes de tiempo, nena.